El Papiro era una figura inconfundible en los barrios de Montevideo. Flaco, alto y siempre con un cigarrillo a medio apagar colgándole de los labios, caminaba con una cadencia particular, como si cada paso fuera un esfuerzo por arrastrar el peso de una historia que pocos conocían. Su verdadero nombre era Horacio, pero nadie lo llamaba así desde hacía años. “Papiro” le quedó porque parecía un papel a punto de romperse por el viento, delgado y frágil, pero resistente al paso del tiempo y de las tormentas.
Hace más de dos décadas, el Papiro había sido el dueño de un imperio. No un imperio de castillos ni grandes negocios, sino algo que para muchos montevideanos era aún más importante: el fútbol. Había sido el presidente de un club de barrio, el Atlético Pueyrredón, que, bajo su mando, había pasado de ser un equipo desconocido a un contendiente serio en la liga uruguaya. Los años dorados del Pueyrredón fueron los años dorados del Papiro. Con astucia y un poco de suerte, había logrado atraer a inversores, cerrar contratos con promesas del fútbol y, lo más importante, ganarse el respeto de los hinchas.
Para él, el fútbol no era solo un deporte, sino una forma de vida. El estadio del club, un modesto campo que había heredado en ruinas, se convirtió en su orgullo. Con el tiempo, lo reconstruyó, le puso luces, gradas nuevas, y le dio el nombre de su padre: Estadio Don Eusebio Martínez, un tributo a quien le había inculcado la pasión por el fútbol en las tardes lluviosas de su infancia. Era un lugar pequeño, sí, pero para el Papiro, cada rincón de ese estadio tenía alma.
El club creció, y con él, su reputación. Se decía que tenía contactos en todas partes, que podía mover hilos desde las bases del fútbol hasta los despachos de la federación. Pero el Papiro no era un hombre de oficina. Se le veía siempre en la cancha, entre los jugadores, respirando el mismo barro y sudor que ellos. Su vida estaba allí, entre los gritos de los hinchas y el sonido de los goles.
Pero como todo imperio, el del Papiro comenzó a tambalearse.
Los problemas financieros fueron el primer indicio de que algo no iba bien. Inversiones arriesgadas, deudas mal calculadas y la ambición de mantener al club a toda costa lo llevaron a tomar malas decisiones. Intentó sostener el nivel del equipo trayendo jugadores caros, pero los resultados no llegaban. Las estrellas que había fichado no rendían como esperaba, y el equipo cayó en una racha de derrotas que lo hundió en la tabla.
El golpe final vino con un escándalo de corrupción que manchó su nombre. Aunque él siempre sostuvo su inocencia, rumores de sobornos y arreglos de partidos circularon por la prensa y entre los hinchas. Varios dirigentes del club lo traicionaron, y las acusaciones le costaron el apoyo de los pocos aliados que le quedaban.
En pocos años, el Atlético Pueyrredón, que había rozado la gloria, descendió de categoría. Las gradas del estadio comenzaron a vaciarse, y el mantenimiento se volvió imposible. Las luces del “Don Eusebio Martínez” se apagaron una a una, hasta que solo quedó una pálida bombilla que parpadeaba sobre la entrada principal, como un triste recordatorio de lo que alguna vez fue.
El Papiro, arruinado y con una reputación destrozada, decidió quedarse. Podría haber desaparecido, haberse escondido en algún rincón del país o haberse marchado para siempre, pero el estadio lo mantenía atado. Había invertido tanto en esos terrenos que abandonarlo sería como perder una parte de sí mismo. Decidió entonces que, si no podía salvar el club, al menos mantendría en pie el estadio.
Así fue como pasó de ser el presidente de un equipo a ser el cuidador de un campo en decadencia. Vivía en una pequeña casita dentro del estadio, un espacio diminuto que alguna vez había sido la oficina de mantenimiento. Con sus propias manos cortaba el pasto, limpiaba las gradas y reparaba lo poco que quedaba. Las noches eran largas y silenciosas, pero el Papiro no se quejaba. Sabía que estaba luchando una batalla perdida, pero, de alguna manera, el estadio era su última conexión con la vida que había tenido.
De vez en cuando, se organizaba algún partido de barrio en el “Don Eusebio Martínez”. Viejos amigos y jugadores retirados, movidos por la nostalgia, le pedían usar la cancha, y él siempre aceptaba. Aunque ya no cobraba, ver el estadio en uso le daba algo de consuelo. En esas tardes, cuando el sol se ponía detrás de las gradas oxidadas, el Papiro se sentaba en la vieja tribuna y cerraba los ojos. El viento traía ecos lejanos de aquellos días de gloria, cuando su equipo luchaba por un campeonato y él, desde su palco, era un rey.
Los vecinos lo respetaban. Para muchos, el Papiro era una leyenda viviente, un hombre que lo había tenido todo y lo había perdido, pero que seguía en pie, aferrado a lo poco que le quedaba. Nadie se atrevía a mencionar su caída en su presencia, y él, con la dignidad de quien ya ha sido golpeado por la vida, nunca se quejaba.
Un día, un empresario llegó con una propuesta. Quería comprar el estadio para construir un centro comercial. Ofrecía una suma considerable, suficiente para que el Papiro pudiera retirarse y vivir cómodamente el resto de sus días. Pero el Papiro, después de escuchar la oferta, sonrió amargamente y negó con la cabeza.
—Este estadio es lo único que tengo —dijo—. Y mientras yo esté vivo, no se toca.
El empresario se marchó, y el estadio quedó como siempre: vacío, silencioso, pero de pie.
El Papiro, como un guardián solitario de su propio legado, siguió su rutina. Sabía que no podía salvar el estadio para siempre, que algún día caería como había caído su imperio. Pero mientras tuviera fuerzas para caminar por el césped y recordar los viejos tiempos, el estadio seguiría siendo su hogar, su refugio, su último y más preciado reino.